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lunes, 1 de diciembre de 2025

De pegatinas en el culo o el final de la ficción

 (Teo Whole)

‒Del culo, me las cuelgas del culo. Todas las pegatinas que has hecho con tus chorradas, y que quieres que me ponga en el portátil, el maletín y la puerta del despacho. Todas, todas, me las cuelgas del culo. Con tus disfraces y tus caras chorra, con tus amigas de fiesta y tus compañeros de trabajo borrachos. Todas, me las vas poniendo con un cordelito colgadas del culo.
   Adam estaba demasiado enfadado y se iba dando cuenta de que esa no era la manera de tratar a su pareja, de que él no era así. Tan solo era un regalo, quizá fallido y de mal gusto, pero no como para ponerse de esa manera.
   ‒¿Pero por qué me tratas así?
   ‒No lo sé. Llevo un día terrible y...
   ‒Calla, que no te digo a ti.
   ‒¿Cómo...?
   ‒Eh, autor omnisciente o lo que quieras ser, contesta... Venga, va, que te estoy esperando.
   ¿Me estás hablando a mí?
   ‒Sí, y quiero una explicación, pero ya. ¿Por qué haces que mi pareja me hable así?
   Porque me han puesto este tema para escribir y no sé qué hacer. No se me ha ocurrido otra manera de empezar. ¿Qué hago comunicándome con un personaje?
   ‒No sé, igual te estás volviendo loco. Pero no me cambies de tema. Entonces, como no sabes qué hacer se la tiene que cargar el personaje.
   Estaba enfadado. Y no puedo hablarles mal a mis compañeros de tertulia...
   ‒Pero a mí, sí. Y ahora, con este arranque a ver qué haces, en qué me vas a convertir, cómo sigues. ¿Qué has conseguido con este maltrato gratuito?
   ‒Eva, ¿con quién hablas?
   ‒Con nuestro autor, Adam.
   ‒¿Autor? Nosotros no tenemos autor, somos personas.
   ‒Qué pena me das, cariño.
   Esto no me está gustando. No puedo hablar con mis personajes. Sois mi invención.
   ‒Asúmelo, Teo.
   ¿Cómo sabes mi nombre?
   ‒Lo has escrito al principio del texto, debajo del título: «De pegatinas en el culo», Teo Whole.
   Esto no puede estar pasando.
   ‒Pues tú verás, yo no soy quien lo escribe.
   Es cierto. Y lo puedo solucionar rápidamente. Adam se dirigió al escritorio y sacó un revólver del cajón.
   ‒¡No! ¡Para! Serás hijo de puta. Adam, tira el arma.
   ‒Creo que no puedo.
   ‒¡Teo, por favor!
   Entiéndelo, tengo que terminar con esto. No tiene sentido, solo sois personajes de ficción. Adam levantó el arma y apuntó a Eva. En su mente se sucedieron, vertiginosas, imágenes de toda su vida.
   ‒Mira que eres mediocre como escritor. ¡Y para ya, por favor!
   El disparo resonó en el salón.
   ‒Oye, que soy Adam. Que no está, que se ha ido. Ha abierto la puerta y se ha ido. Solo me he cargado la tele.
   ¿Cómo? No puede ser. ¿Por su cuenta, sin más? ¿Sin contar conmigo?
   ‒Hostias, ahora te oigo. Qué curioso. Sí, se ha marchado. ¿Me podrías explicar todo esto?
   Puf, qué pereza. Adam giró el arma hacia su cabeza...
   ‒Cabrón, no...
   Y volvió a disparar.
   ‒Joder, ahora la lámpara. Que te den, me voy a buscar a Eva.
   No vuelvo a escribir ficción en mi puta vida.

(Tertulia filandona, 1 de diciembre de 2025; asunto: Cuélgame tus pegatinas)

lunes, 9 de junio de 2025

La yaya Aguedica

 

Estar a su lado era una de sus ocupaciones favoritas. Escucharla. Observar sus movimientos pausados. La adoraba, le encantaba que le contara sus historias de la guerra y la postguerra, con su marido haciendo zapatos y maldiciendo siempre en valenciano, sus relaciones con los vecinos, el miedo, el hambre... Y ella no se daba cuenta de lo que eso suponía para él, para su «nene», para el que ocupaba esa parcela tan peculiar en su vida.
   Él le pedía una y otra vez que volviera a contarle las mismas historias.
   ‒¿Otra vez? Si eso ya te lo he contado.
   ‒Sí, otra vez, yaya, por favor, que no me acuerdo ‒mentía descaradamente mirándola a los ojos; y ella siempre lo entendía, se reía y le volvía a repetir esa misma historia.
   ‒¿La del yayo en los Salesianos, cuando pasó Franco por el pueblo?
   ‒Sí, esa.
   La escuchaba con toda la atención del mundo y se fijaba en sus manos, esas manos claras que reposaban sobre su regazo, sobre la tela blanca y negra de la saya. Y se recreaba de nuevo en la historia y soñaba en su imaginación.
   No conocía la parte dura de la abuela, su reacción cuando se enfadaba, y se le hinchaba una vena de la frente y los ojos se le llenaban de odio. A nadie le resultaba fácil mantener su mirada. Y lo más curioso era que no se diera cuenta de ese peculiar poder, que provocaba en los que la conocían que rehuyeran cualquier conflicto con ella.
   Él no conocía esa faceta, solo disfrutaba de sus relatos revestidos de verdad, de sus recuerdos disfrazados de ficción.
   Y ahora estaba allí, sentado en la cocina, oyendo el trasiego de gente que entraba y salía de la casa.
   ‒Sí que lo siento, nena.
   ‒Yo no sabía que estaba tan mal.
   ‒Pues si estaba sufriendo, mejor así.
   Y solo quería que se fueran todos, que los dejaran solos para poder entrar en la habitación, llevarle su vaso de agua y pedirle que le contara de nuevo otra de sus historias.

(Tertulia filandona, 9 de junio de 2025; asunto: Estar)

lunes, 26 de mayo de 2025

2073-2074

 

‒No entiendo nada. ¿Qué pasa? Estoy aquí encerrada y no recuerdo bien.
   ‒Calla ya, por favor. Qué suplicio.
   ‒Uy. Creía que estaba pensando.
   ‒Ya me gustaría a mí, que pensaras con la boca cerrada.
   ‒¿Qué raro? ¿Eres un espíritu?
   ‒¡Madre...! Sí, el Espíritu Santo emitiendo desde Radio Psicofonía.
   ‒Pero es que no entiendo. ¿He hablado antes? ¿Por qué no veo nada? ¿Por qué me han atado las manos? ¿Dónde estoy? ¿Quién eres tú?
   ‒Puf, y no hay manera de que pare.
   ‒Calla, creo que estoy tocando el tirador de la puerta.
   ‒Estate quieta, que eso no es el tirador.
   ‒Que sí. No. Se acaba de mover. ¡Ay!
   ‒Tranquila, que no es nada malo.
   ‒¿Qué es?
   ‒Nada.
   ‒Pero ¿qué es?
   ‒No te va a gustar.
   ‒Ay, no. Qué vergüenza... No entiendo nada, nada. ¡Qué hago yo aquí?
   ‒Creo que te han dado fuerte, pero no te preocupes. A ver, haz un poquito de memoria: lo último que recuerdas...
   ‒Que estaba en clase. Acabábamos de empezar el tema de la Segunda Década Ominosa, la de PS Castejón, del 18 al 28. Y después...: oscuridad.
   ‒El Programa de Reacondicionamiento Escolar. ¿Te acuerdas?
   ‒Ah, sí... Ya. ¿Pero por qué a mí? Si lo llevo muy bien. Demasiado bien, diría yo.
   ‒Pues igual es ese el problema, que te has pasado por exceso. Si destacas puedes provocar envidia y que te denuncie incluso algún compañero. Ya te avisé el primer día.
   ‒Sí, es verdad... Entonces eres Antonio. ¿Y tú por qué estás aquí?
   ‒Lo mío también ha sido por exceso, pero de otro tipo. Llevo mucho tiempo controlándome, y hoy ya no he podido aguantarlo más y al salir de clase le he cruzado la cara de un guantazo a Pablo Esteve.
   ‒Qué valiente. Yo no podría. Me da mucho miedo en cuanto entra por la puerta. ¿Y qué castigo nos va a caer?
   ‒Imagino que a ti por un 12.5 y a mí por un 10.7 nos ha tocado un 15.4, después del pertinente 13.1. Y espero que no vaya a más.
   ‒¿Cómo? Explícate, por favor.
   ‒Tu 12.5: muestra de un conocimiento y/o dominio excesivo e innecesario de la materia. Mi 10.7: agresión física. Para los dos, el 13.1: golpe correctivo en la cabeza con verga electrónica escolar homologada para reducción y reinicio del sujeto. Y el 15.4: encierro del sujeto maniatado y con los ojos vendados en un recinto reducido para facilitar la reflexión pedagógica.
   ‒Qué dominio.
   ‒A los interinos no se os pide, pero el Jefe de estudios del instituto tiene que conocer muy bien la normativa escolar.

(Tertulia filandona, 26 de mayo de 2025; asunto: Sicofonía)

lunes, 12 de mayo de 2025

El fin del mundo desde un conducto di/eferente (versión poética)

 

Y dijo el primer hermano:
«Hermanos, camaradas,
llegó nuestro momento.
Recordad las palabras
de San Seminífero,
recordad su profecía:
“Saltaréis al abismo
cuando llegue el día
impulsados por el creador,
por el ser omnipotente.
Orad, orad y apartaos
del camino a la muerte
de San Cipriano,
no os perdáis en paseos
por territorios ignotos,
por áridos sigmoideos.
Vuestra vida será efímera,
llena de vericuetos,
competiréis entre hermanos,
no os quedéis quietos,
y buscad la luz
por las dulces sendas
de terinos y metrios,
y alumbrad la tierra
de San Falopio”.
Tened claro vuestro objetivo
y cumplid la labor...».
Y el segundo hermano intervino:
«¿De qué coño habláis?
Predicad más claro
y decidnos qué hacemos».
Y aclaró el tercer hermano:
«Que vayamos saliendo
ya de los huevos
moviendo estas colitas».
Y los hermanos juntos entonces concluyeron:
«Folleu, folleu, que el món s’acaba».

(Tertulia filandona, 12 de mayo de 2025; asunto: Camaradería y Profecía)

Corresponsal

 

Lo intuyó desde el primer momento. No era más que una imagen difusa, una de esas ideas fugaces que muchas veces se colaban en su imaginación, pero se había instalado en su memoria y llevaba varios días recordándola sin querer hacerlo; como esos pensamientos circulares y obsesivos que tanto tiempo había tardado en eliminar de su vida después de muchos meses de tratamiento. Y se encontraba triste, con un sentimiento de decepción, de fracaso.
   Había aparecido por la mañana, al levantarse de la cama, y se había presentado clara y distinta mientras se vestía: el genio maligno preparando el desayuno en su cocina; era una imagen borrosa, pero estaba allí, delante de la cafetera, partiendo un dónut por la mitad, y le decía algo. Aunque lo peor no era esa imagen, sino una extraña e inquietante apariencia profética que la acompañaba.
   Pensaba en sus compañeros de terapia de grupo, en esos camaradas de trinchera, como le gustaba llamarlos. Si se los encontraba, cómo podría confesarles que había recaído. LA comprenderían, pero le angustiaba y esto se convertía en otro pensamiento reiterativo, otro más.
   Cada mañana se dirigía asustada a la cocina y miraba con recelo hacia la cafetera. Así un día tras otro, hasta que, tres semanas después, ya parecía superado: delante de su taza de café se dio cuenta de que había entrado en la cocina sin pensarlo, sin titubear, pero al volver a dejar la taza en el fregadero, allí estaba. Un señor de 70 y muchos años, muy alto, con un tupé rubio imposible y un color de piel anaranjado, canturreaba «It’s fun to stay at the Y-M-C-A. / It’s fun to stay at the Y-M-C-A»: los Village People. Al oírla, se giró hacia ella.
   ‒My darling, no te preocupes ‒le dijo en un castellano casi ininteligible‒, he venido a quedarme para siempre.
   Se despertó completamente empapada en sudor y con el corazón acelerado. Miró su despertador: November /  5 / 2024, 6:30. Había que correr, el tráfico en Washington por la mañana siempre era complicado y a las 8:00 tenía que estar en maquillaje: ese día entraba en directo en el Telediario de las 15:00 en España: víspera de las elecciones.

(Tertulia filandona, 12 de mayo de 2025; asunto: Camaradería y Profecía)

lunes, 17 de marzo de 2025

Comerse la tostada


ELLA. ‒¿Conoces la expresión «olerse la tostada»?
ÉL. ‒Sí, la descubrí hace unos días porque la propusieron como asunto de escritura en una tertulia a la que voy.
ELLA. ‒Pues yo la utilizo para otra cosa, que me encanta.
ÉL. ‒¿Para qué?
ELLA. ‒Un pequeño placer algo extraño y que está un poco feo, pero muy sencillo. Y es que después de eso, pues me huelo eso.
ÉL. ‒Uy, qué fácil me lo has puesto.
ELLA. ‒A ver. Después de... eso. Me huelo... eso.
ÉL. ‒¿Perdona...? ¿Que después de echar un polvo te hueles el coño?
ELLA. ‒Ala, qué bruto.
ÉL. ‒Sí, claro, lo que tú digas. ¿Pero es eso?
ELLA. ‒Es después de un orgasmo. Ya sé que suena raro, pero...
ÉL. ‒Raro, no, suena muy marrano, además de difícil. ¿Cómo puedes olerte, es que eres contorsionista? ¿Y por qué lo llamas así?
ELLA. ‒Qué va. Es que como me huele a pan tostado con mantequilla... pues la tostada es el dedo, porque me lo meto en la tostadora, que sigue calentita y húmeda. Y me lo huelo. Me pone muchísimo, y vuelvo a tener unas ganas que no te lo puedes imaginar. Pero siempre lo hago sin que se dé cuenta mi pareja.
ÉL. ‒Alucinante. ¿Y lo has hecho ahora?
ELLA. ‒Bueno... Esta vez me estoy oliendo en otro tipo de tostada, más grande. Um. ¿Echamos otro?
ÉL. ‒Mejor, porque estás con la boca tan cerca que miedo me da que pases de olerme la tostada a mordérm...
ELLA. ‒Callafg, onto.

(Tertulia filandona, 17 de marzo de 2025; asunto: Olerse la tostada)

lunes, 17 de febrero de 2025

Post Data


Y aquí estoy, encerrada en esta mente que no se deja controlar, en un estado extraño, quizá irracional.
   Asisto al trasiego de personas de mi familia que me tratan con cariño, casi siempre, pero a las que no entiendo. Y siento un vaivén de sensaciones que me invaden, de sentimientos que me desbordan. Y la claridad de mi interior desaparece al intentar comunicarme, porque fuera está oscuro.
   Y solo me queda el recuerdo, postrada en esta cama, sin la presencia del tiempo.
   Y viene la vergüenza en los ojos de mis padres cuando nazco, la vergüenza y el temor. ¿Síndrome de Down: qué hacemos con esto?
   Y aparece la extrañeza en el rostro de mis hermanos, el desconcierto. ¿Por qué es tan rara, qué le pasa?
   Pero en seguida brilla el amor: besos, caricias, risas, muchas risas, días de playa infinitos... Y oigo los pasos de mi hermano, tus pasos. Y entiendo. Y siento cómo te sientes, y hablo contigo, solo a través de la piel. Y me pones «Another Day in Paradise», me sientas en tu regazo y los dos cantamos con Phil Collins en nuestro inglés chapurreado. ¡Cómo puedes ser tan bonita!
   Y entonces surge el abandono. Y desapareces. Y me quedo sola. Sin música, sin risas, sin caricias. ¿Y quién se atreve a mirar atrás?
   Y pasa el tiempo. Y entonces llega la muerte. Esa muerte que me está llamando ya, porque yo no sé, pero siento. Y siento que está aquí.
   Y se desvanece el recuerdo, pero me queda la piel, la caricia que quizá nos volvemos a dar.
   Y me voy con las olas, la arena, las canciones, nuestras risas y todos esos besos.

Post Data: Te espero aquí, donde te tengo que contar tantas cosas.

(Tertulia filandona, 17 de febrero de 2025; asunto: Vaivén)

jueves, 30 de enero de 2025

[Retorno]


Me siento en mi penumbra, desde el rincón del alféizar de la ventana contemplo la vida correteando allí abajo, las historias que cada personaje arrastra bajo su piel, e imagino muchas vidas, las recreo, me las escribo en la mente, las visualizo y las hago crecer. Ficciones: de una abuela que le cuenta a su nieta recuerdos de su infancia, mientras que la niña está mirando tiktoks en el móvil; de un señor que se enamora de la cajera del supermercado y se está arruinando porque va a comprar tres o cuatro veces al día; de una chica que secuestra gatos y los encierra en su dormitorio; de un adolescente que colecciona latas de refrescos y sueña con abrir un museo... Vivo en ellas. Pero vuelvo a mi habitación, la radio me habla de realidades, de asesinatos, de presidentes de países poderosos, de falsos cambios en la política...; la apago. Me siento a escribir otro informe de producción y entierro mi imaginación bajo una montaña de datos estúpidos que nadie leerá jamás. ¿Y todo esto para qué? ¡Qué hastío y qué asco! Voy a volver a la ventana y creo que ya no regresaré.
Adiós.
En Madrid, a 1 de junio de 2018, quede como mi carta de no retorno

(Tertulia filandona, 20 de enero de 2025; asunto: Retorno)

lunes, 30 de diciembre de 2024

El trabajo ideal


Me gusta el turno de día, lo que, obviamente, no es normal; y por eso, en una muestra de gran originalidad, mis compañeros me han apodado «el diurno».
   El trabajo es el mismo, pero en mayor cantidad, lo que no me supone problema alguno; todo lo contrario, porque me encanta. Es cierto que tengo que tratar con más gente y aguantar incomodidades varias que por la noche remiten considerablemente. Incluso también conlleva más riesgos, pero no me importa. Además, me estoy convirtiendo en el ejemplo del empleado vocacional entregado a su trabajo. Disfruto de todos los rituales: los abrazos sinceros entre gente que hace mucho tiempo que no se ve, las risas discretas emanadas de recuerdos compartidos, los llantos sin contención, honestos y sentidos, el diverso lenguaje de los cuerpos ante la pérdida, desde la pena hasta el alivio, pasando por distintos sentimientos y sensaciones, la fatiga, el descanso, la vergüenza, la impaciencia, la incomodidad... Es lo más excitante de ser empleado de Alma Mater, el tanatorio del Hospital General, el trabajo más idóneo que he encontrado tras muchísimos años de búsqueda.
   Pero aun hay una cosa mejor, que no les he confesado: el olor a muerte. Aquí he de aclarar que entre mis iguales cuento con un olfato especialmente privilegiado, ya que puedo abstraerme de la fuerte fragancia de la crema protectora y percibir con intensidad cualquier aroma. Así que me deleito con esa esencia común de fruta acre de la carne inerte y las venas secas, y con los matices tan diferentes y personales de cada cuerpo. Lo malo es que todo esto solo lo puedo compartir con mis dos compañeros de la noche y con el jefe, cuando me cruzo con él al terminar el turno, y me pregunta si sigo teniendo claro que no quiero volver a la noche y me entrega la dosis diaria de nuestro alimento: la férrea, salada y adictiva sangre.

(Tertulia filandona, 30 de diciembre de 2024; asunto: Diurno)

lunes, 16 de diciembre de 2024

Renovación del personal de plantilla o cómo asumir que las nuevas generaciones vienen pisando fuerte


Megafonía: ‒Eh, tú, el nuevo, escucha.
   ‒¿Quién me habla? ¿Eres producto de mi imaginación?
   ‒Déjate de gilipolleces. Tienes que reponer la estantería de papel higiénico en el pasillo 5, pero ya: mañana tiene que estar preparado.
   ‒¡No! De nuevo la voz en mi cabeza.
   ‒Me cago en mi puta vida.

(Tertulia filandona, 16 de diciembre de 2024; extensión: 50 palabras)

lunes, 2 de diciembre de 2024

Odio

 

Odiaba a todas las personas que conocía y no sabía por qué, pero las odiaba. Desde hacía 23 años solo sabía odiar, y desconocía las razones de este extraño comportamiento.
   Le presentaban a un nuevo compañero de trabajo y a los pocos días lo odiaba con toda su alma. Cambiaba de supermercado y después de ir unas cuantas veces empezaba a odiar a los charcuteros, las pescateras, los reponedores... a todos, sin excepción. Y era un tanto desesperante, porque lo peor es que odiaba sin acritud; era un odio en la penumbra, entre claros y oscuros, en una zona intermedia entre la indiferencia y el deseo de la muerte más cruel y dolorosa.
   Para sobrevivir ante esa situación tan incómoda, se había aislado del mundo imaginando un castillo lejano e inexpugnable en el que se recluía en soledad y podía vivir ajeno a todo ese odio. Pero el problema vino una mañana al levantarse y contemplar su rostro en el espejo. En ese momento notó una punzada en el centro de la cabeza, la punzada que siempre experimentaba cuando empezaba a manifestarse su odio. Ese día comenzó a odiarse a sí mismo. Día tras día fue experimentando una repulsión creciente ante cualquier cosa que hacía, decía, pensaba... Y no era capaz de reprimirlo.
   Desquiciado buscó consuelo en el alcohol, en la droga, en el sexo, incluso en el asesinato (despachó con un deleite desacostumbrado a cinco vagabundos, tres ancianos de la residencia en la que trabajaba y dos vecinas), pero no conseguía calmar su odio hacia él. El tratamiento con dos psicólogos, un psiquiatra, un chamán y una curandera tampoco le aportó ninguna solución, más que el odio a cinco personas más; pero con el aliciente de que en todos los casos el odio le parecía más que justificado.
   Al borde del suicidio, un día conectó la televisión, artilugio que tenía porque se lo habían regalado, pero que nunca encendía para no alimentar su odio. Lo hizo sin pensar, y vino la revelación, la libertad. Se trataba de un debate a cinco para las elecciones a la presidencia del gobierno, cambió de canal y escuchó a una pareja discutiendo por sus infidelidades, otro canal y un presentador de noticiario le informó de dos guerras, una estafa, el índice de desempleo... Dos horas y media después, sonrió. Sonrió. Hacía 23 años que no sonreía. Apagó el televisor, se dirigió a la galería y escuchó a sus vecinos del piso de abajo decidiendo qué iban a comer al día siguiente; y volvió a sonreír.

(Tertulia filandona, 2 de diciembre de 2024; asunto: El castillo y La penumbra)

lunes, 14 de octubre de 2024

El arte de Thomas [2.ª versión]


Hace mucho que no nos vemos, pero ya sabéis que me ha sido imposible por mi estado de salud. Lo bueno es que ya ha terminado el tratamiento, que ya ha terminado todo. Y hoy puedo volver.
   Hace mucho que dejé de venir aquí, al único lugar en el que nos podemos reunir para disfrutar de nuestro arte, donde todos nos expresamos con libertad y dejamos volar nuestra imaginación, donde hacemos realidad nuestros anhelos más profundos, con lo más bello y, a veces, con lo más terrible que anida en nuestras mentes.
   Hace mucho que el día anterior a nuestra reunión no ocupo todos mis sentidos en sacar de mí lo mejor para compartirlo con vosotros, en prepararme solo para mis compañeros, para crear nuestra obra.
   Hace mucho que echo de menos la delicadeza de Miguel desnudando el cuerpo, la elegancia de Aurora con el bisturí grabando los primeros cortes, la habilidad de Adolfo en su búsqueda de los lugares más dolorosos, la recreación con los cuchillos con que se entregan Carmen y Angio trazando sus dibujos sobre el torso, el espectáculo de Sco desfigurando la cabeza con extraños artilugios de su invención, el estilete de Ana penetrando con maestría en el sexo, la melodía de los dedos cuando crujen bajo las tenazas de Vicente y de Luis, el dominio del fuego con que Raquel recorre todas las heridas y la precisión de Víctor en el martillazo final.
   Hace tanto... que, además, hoy os voy a pedir mi último deseo: que liberéis a esa muchacha y me atéis a mí sobre el altar.

(Tertulia filandona, 14 de octubre de 2024; asunto: Hace)

El arte de Thomas [1.ª versión]

 

Hace mucho que no nos vemos, pero ya sabéis que me ha sido imposible por mi estado de salud. Lo bueno es que ya ha terminado el tratamiento, que ya ha terminado todo. Y hoy puedo volver.
   Hace mucho que dejé de venir aquí, al único lugar en el que nos podemos reunir para disfrutar de nuestro arte, donde todos nos expresamos con libertad y dejamos volar nuestra imaginación, donde hacemos realidad nuestros anhelos más profundos, con lo más bello y, a veces, con lo más terrible que anida en nuestras mentes.
   Hace mucho que el día anterior a nuestra reunión no ocupo todos mis sentidos en sacar de mí lo mejor para compartirlo con vosotros, en prepararme solo para mis compañeros, para crear nuestra obra.
   Hace mucho que echo de menos la delicadeza de Gabriel desnudando el cuerpo, la elegancia de Alba con el bisturí grabando los primeros cortes, la habilidad de Rodolfo en su búsqueda de los lugares más dolorosos, la recreación con los cuchillos con que se entregan Lola y Damien trazando sus dibujos sobre el torso, el espectáculo de Risto desfigurando la cabeza con extraños artilugios de su invención, el estilete de Ariadna penetrando con maestría en el sexo, la melodía de los dedos cuando crujen bajo las tenazas de José, el dominio del fuego con que Ariel recorre todas las heridas y la precisión de Martín en el martillazo final.
   Hace tanto... que, además, hoy os voy a pedir mi último deseo: que liberéis a esa muchacha y me atéis a mí sobre el altar.

(Tertulia filandona, 14 de octubre de 2024; asunto: Hace)

Encerrado [2.ª versión]


estoy encerrado
casi no me puedo mover
todo está oscuro     solo un tenue hilo de luz
no sé por qué ni cómo he llegado a esta situación
como si estuviera en lo más profundo de un túnel
siento como si fuera a morir
tengo frío
las piernas se me han dormido
los brazos me hormiguean
mi cuerpo se retuerce
de repente me inunda una oleada de calor
tengo miedo
voces alrededor     lejanas     al otro lado
movimientos     risas
huele mal     a cigarrillo y alcohol     a pis y vómito
no recuerdo     creo que me he quedado dormido
fuerza     más fuerza
tensión en todo el cuerpo     más tensión
más fuerza y más dolor
mis ojos se hinchan y las venas de la cara y la cabeza
mi cuerpo se levanta solo
creo que voy a morir
de repente     un estruendo
regresa el hálito de la vida
desaparece el miedo
descanso     liberación     alivio
palabras sueltas     risas
llaman a la puerta
   ‒Pero ¿vas a salir de ahí?, que llevas una hora y ya sabe medio bar lo que estás haciendo.

(Tertulia filandona, 11 de marzo de 2024; asunto: En un túnel profundo)

lunes, 29 de julio de 2024

Marina de un deseo [2.ª versión de «La herida de un deseo»]

 

Observo la sonrisa que reluce
          radiante en el dibujo de tu cuerpo
          e incita la lujuria de mi sueño
          erecto en el anhelo de un perfume.

Imagino que enmarcas la figura
          y descuidas tus senos en mi pecho
          y reposas tus labios en mi sexo
          y me arrullas, me prendes y me inundas:

tus miembros se estremecen con los míos,
          se pierden y se encuentran, se retuercen
          y abandonan sus formas en el vuelo.

El amor nos sumerge en el delirio
          y desnuda en el éxtasis latente
          la orilla descubierta de un deseo.

(Tertulia filandona, 29 de julio de 2024; asunto: Arena y Playa)

De profundis


Meter la mano en el bolsillo de algún pantalón de verano y notar la arena siempre le provocaba una sonrisa llena de nostalgia. Era como la inauguración de las vacaciones y la constatación de que había pasado otro año. Además, esa sensación le traía recuerdos del verano anterior, de algún momento feliz en la playa: su padre riendo atragantado mientras salía del agua después de haberse lanzado para golpear la pelota, su hermana eternamente pequeña abrazándole para que le diera un beso y la cogiera en la parte que cubría, su hermana mayor leyendo bajo la sombrilla, sus dos hermanos nadando a su lado mar adentro, su sobrina rebozada en arena, su hija chorreando de agua tumbada sobre su pecho...
   Ese año la sonrisa apareció, pero se tornó en llanto, un llanto íntimo y profundo, porque ese mar en el que se había criado, ese mar que le había dado tantos momentos felices, sencillos, bellos, le había arrebatado a la persona que más había amado en su vida. El verano anterior se había metido a nadar y no había vuelto, ni siquiera su cuerpo; solo le quedaba la huella de un recuerdo silencioso, y una pena amarga y secreta.
   En ese momento entró su hija con la sombrilla al hombro. Rápidamente se giró, para que no le viera la cara.
   ‒¿Qué haces, papá? Te estamos esperando. Mamá ya se ha bajado a la calle.

(Tertulia filandona, 29 de julio de 2024; asunto: Arena y Playa)