jueves, 30 de enero de 2020

Notas sueltas... - Nota 2


Nota 2
Música en el autobús urbano
Regreso de una sesión de mi club de lectura en la Biblioteca Municipal Miguel de Unamuno. Noche cerrada y fría. El autobús se retrasa más de lo habitual. Una ráfaga de aire muy fuerte, siento las piernas ateridas, pero por fin llega.
   Los hados son propicios: la calefacción funciona. Me acomodo en un asiento y, en cuanto abro la nueva lectura del club, empieza a sonar una música a un volumen suficiente como para que llegue con claridad desde el final del autobús hasta el conductor. Reguetón. Giro la cabeza y una chica de veintipocos años muy guapa, imposible no fijarse en ella: cabello rubio canario hipertenso, labios rojo pasión sangrienta, uñas postizas tornasoladas con purpurina, y conjunto de top y minifalda fucsia sin apelativos. Intento concentrarme en la lectura («En los remotos e inexplorados confines del arcaico extremo occidental...»), me cuesta («En los remotos e inexplorados confines del arcaico extremo occidental...»)me cuesta mucho («En los remotos e inexplorados confines del arcaico extremo occidental...»)pero lo consigo («de la espiral de la Galaxia, brilla un pequeño y despreciable sol amarillento»). Y entonces se pone a cantar:
   —Pégala, azótala, / sin miedo que no hace na, / mírala, mírala, / si se ríe le gustá, / yo le doy, tú le das / por delante y por detrás, / ella va a toá. // Agárrala, pégala, azótala, pégala, / sácala a bailar, / que va a toá, / pégala, azótala, agárrala, / que ella va a toá...
   El libro se me cae al suelo, y el lápiz de subrayar y la carpeta; y el alma. Lo recojo todo, o casi todo. Un hombre con un marcado acento colombiano y una actitud temeraria le increpa:
   —¿Hija mía, no podrías bajar un poquito el volumen de eso?
   —No, pues ni que le haiga molestao.
   —Un poquito sí me molesta, sobre todo por las barbaridades que dice.
   —No, pos si solo habla de [varias palabras ininteligibles] y bailar y hacer el amor[Más palabras ininteligibleshubieran personas más educás con los demás y más con los de aquí.
   El intrépido se da por vencido. La melómana sigue entusiasmada con su música. Y a mí me viene ese impulso que debo refrenar, el impulso de agarrarle el móvil y darle por delante y por detrás hasta silenciar la música y sacarlo a bailar por la ventanilla del autobús, el impulso de agarrarla y pegarle unos azotes en el trasero, como un padre a la antigua usanza con su niña malcriada. Pero no puedo, pero no debo...
   Así que bajo del autobús y me dirijo a casa silbando «Viaje con nosotros».
OR

miércoles, 29 de enero de 2020

Notas sueltas... - Nota 1


Nota 1
Atención al viajero en la estación de ferrocarriles
Soy pasajero de tren: me deja descansar o aprovechar el tiempo (no puedes leer ni corregir mientras conduces), además de que me libera del coche, que no constituye precisamente una de mis aficiones.
   Hace unos días fui a la estación a hacerme una tarjeta para agilizar la compra del billete de tren y el acceso a los andenes. Me dirigí al servicio de Atención al viajero, donde un señor, muy correcto y amable, pero sin afectación, me explicó el funcionamiento de la tarjeta y me tendió una ficha que debía cumplimentar. Eran pocos datos, los básicos, y no había nadie más detrás de mí, de modo que me quedé sentado ante la mesa en la que me había atendido y empecé a rellenar el impreso. No había llegado a mi segundo apellido cuando detrás de este caballero apareció una especie de mujer cetrina y abotijada que le dijo, con un volumen considerablemente alto y una voz estridente, mientras me señalaba con la barbilla:
   —No puede estar ahí. Esa silla tiene que estar libre para el siguiente que venga.
   Miré detrás de mí: nadie. La sala que se abría más allá de la puerta por la que acababa de entrar: desértica. El resto de la estación, como diría el poeta, «yermo, baldío y pobre» de pasajeros.
   —No se preocupe, que ya me tiro al suelo para no molestarla —y al decirle esto y darme la vuelta para marcharme observé de manera fugaz, pero muy clara, su mirada.
   Me metí en una cafetería de la estación para ahogar mi impulso en un cortado y, una vez terminada la ficha, volví para entregarla, con una idea que no dejaba de martillearme: a qué me recordaba esa mirada. No podía sacármela de la cabeza, y a escasos metros de esa silla desocupada y esa mesa caí en la cuenta, la vi, la reconocí como trasunto de mi mirada ante el espejo resentida y frustrada la mañana después de una noche infame en el ayuntamiento carnal. Idéntica, exacta.
OR

sábado, 18 de enero de 2020

Notas sueltas de un cabreado con impulso homicida


Nota previa
Inicio estas notas porque estoy aborrecido, muy hasta los huevos, de inútiles, deficientes mentales por desidia, aprovechados y malajes varios. Así que he decidido que, ya que la ley me prohíbe ejecutar a los ejemplares de esa caterva con los que me tropiezo en el día a día, voy a dedicarles estos apuntes, que espero vayan surgiendo de manera espontánea como dardos molestos, aunque bien es cierto que los personajes de los que trataré son inmunes a las críticas, por diferentes causas: ignorancia radical, sordera selectiva autoinfligida, incapacidad intelectual (manifiesta u oculta), autismo (real o ficticio), desprecio...
   Dios los tenga en su... NO: Dios los condene al averno más profundo y aborrecible.
OR

viernes, 17 de enero de 2020

Notas sueltas... - Prólogo


Prólogo
Voy a abrir una sección de este blog para las Notas sueltas de un cabreado con impulso homicida, en las que un profesor de enseñanzas medias, cincuentón, solitario e irascible, pretende contarles breves capítulos de su vida relacionados con lo que reza el propio título. Pese a las similitudes conmigo, no se confundan: se trata de mi compañero Olam Rotide, el hombre más políticamente incorrecto que he conocido (dense todos por avisados), pero que ha podido convencerme para que le ceda este espacio. ¿Por qué no publica estos escritos en una página suya, siendo una persona con habilidades sobradas en la materia? Pues, a pesar de mis intentos, me ha resultado imposible descubrirlo.

lunes, 9 de diciembre de 2019

sábado, 7 de diciembre de 2019

La poesía, de Lili Galindo Muñoz

Anoche mi hija pequeña, de 8 años, escribió este texto en la pizarra que utilizo para trabajar.

La poesía
La poesía es
mar es tierra es
vida la poesía
es poesía es
amor es
odio es
el mundo
POESÍA.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

La puerta violeta, Rozalén

En el colegio de mi hija pequeña han puesto como tono de salida el estribillo de «La puerta violeta» y ayer vinimos a casa mi bicho y yo cantándola. Por la noche miré a mis hijas y de nuevo me vino a la memoria, pero, además, me emocioné (me estaré haciendo mayor). Y pensé: no lo entiendo, cómo se puede...
Así que aquí dejo la letra y el vídeo. Qué sencillez para expresar la belleza de la libertad, de la liberación.

          La puerta violeta
Una niña triste en el espejo
me mira prudente
y no quiere hablar.
Hay un monstruo gris en la cocina
que lo rompe todo,
que no para de gritar.
Tengo una mano en el cuello
que con sutileza me impide respirar.
Una venda me tapa los ojos,
puedo oler el miedo y se acerca.
Tengo un nudo en las cuerdas
que ensucia mi voz al cantar,
tengo una culpa que me aprieta,
se posa en mis hombros y me cuesta andar.

Pero dibujé una puerta violeta en la pared
y al entrar me liberé
como se despliega la vela de un barco.
Desperté en un prado verde muy lejos de aquí,
corrí, grité, reí,
sé lo que no quiero,
ahora estoy a salvo.

Una flor que se marchita,
un árbol que no crece porque no es su lugar,
un castigo que se me impone,
un verso que me tacha y me anula.
Tengo todo el cuerpo encadenado,
las manos agrietadas,
mil arrugas en la piel,
las fantasmas hablan en la nuca,
se reabre la herida y me sangra.
Hay un jilguero en mi garganta que vuela con fuerza,
tengo la necesidad de girar la llave y no mirar atrás.

Así que dibujé una puerta violeta en la pared
y al entrar me liberé
como se despliega la vela de un barco.
Desperté en un prado verde muy lejos de aquí,
corrí, grité, reí,
sé lo que no quiero,
ahora estoy a salvo.

Así que dibujé una puerta violeta en la pared
y al entrar me liberé
como se despliega la vela de un barco.
Aparecí en un prado verde muy lejos de aquí,
corrí, grité, reí,
sé lo que no quiero,
ahora estoy a salvo.


Rozalén
(«La puerta violeta», Cuando el río suena)