lunes, 29 de julio de 2024

Marina de un deseo [2.ª versión de «La herida de un deseo»]

 

Observo la sonrisa que reluce
          radiante en el dibujo de tu cuerpo
          e incita la lujuria de mi sueño
          erecto en el anhelo de un perfume.

Imagino que enmarcas la figura
          y descuidas tus senos en mi pecho
          y reposas tus labios en mi sexo
          y me arrullas, me prendes y me inundas:

tus miembros se estremecen con los míos,
          se pierden y se encuentran, se retuercen
          y abandonan sus formas en el vuelo.

El amor nos sumerge en el delirio
          y desnuda en el éxtasis latente
          la orilla descubierta de un deseo.

(Tertulia filandona, 29 de julio de 2024; asunto: Arena y Playa)

De profundis


Meter la mano en el bolsillo de algún pantalón de verano y notar la arena siempre le provocaba una sonrisa llena de nostalgia. Era como la inauguración de las vacaciones y la constatación de que había pasado otro año. Además, esa sensación le traía recuerdos del verano anterior, de algún momento feliz en la playa: su padre riendo atragantado mientras salía del agua después de haberse lanzado para golpear la pelota, su hermana eternamente pequeña abrazándole para que le diera un beso y la cogiera en la parte que cubría, su hermana mayor leyendo bajo la sombrilla, sus dos hermanos nadando a su lado mar adentro, su sobrina rebozada en arena, su hija chorreando de agua tumbada sobre su pecho...
   Ese año la sonrisa apareció, pero se tornó en llanto, un llanto íntimo y profundo, porque ese mar en el que se había criado, ese mar que le había dado tantos momentos felices, sencillos, bellos, le había arrebatado a la persona que más había amado en su vida. El verano anterior se había metido a nadar y no había vuelto, ni siquiera su cuerpo; solo le quedaba la huella de un recuerdo silencioso, y una pena amarga y secreta.
   En ese momento entró su hija con la sombrilla al hombro. Rápidamente se giró, para que no le viera la cara.
   ‒¿Qué haces, papá? Te estamos esperando. Mamá ya se ha bajado a la calle.

(Tertulia filandona, 29 de julio de 2024; asunto: Arena y Playa)

lunes, 15 de julio de 2024

Agujero


Me produjo un escalofrío al verlo: sobre mi blanca y pulcra mesa de oficina, ese sobre negro con un sello de cera grisáceo que representaba un ojo resultaba cuanto menos inquietante. Había llegado el primero al trabajo, como siempre, así que me senté con una sensación de frío en el cuello y con mucho cuidado lo abrí, como si se tratara de una carta bomba. Solo había una tarjeta negra con letras blancas que reproducían el siguiente mensaje:
2-4-3-3-5-4   6-1-10-10-5-15-1-1-3   CXCVI   CXCVII
Si aciertas, quizá te libres del castigo, pero me tendrás que descubrir (no te equivoques).
  Todos mis compañeros conocían mi afición a los enigmas; y ninguno de ellos me tenía en buena estima. Las comidas de empresa, las reuniones y demás eventos de grupo siempre servían para que se agrandara mi leyenda: el gran cabrón despiadado dispuesto a cualquier cosa para conseguir sus objetivos.
  En seguida lo descubrí, y su sencillez me ofendió. Las consonantes del alfabeto con su ordinal correspondiente, las vocales también con su ordinal correspondiente en cursiva y dos números en romanos: Código Hammurabi, 196, 197. Busqué en el móvil. Las leyes eran sencillas. 196: Si un hombre deja tuerto a otro, lo dejarán tuerto. 197: Si le rompe un hueso a otro, que le rompan un hueso.
  Ahora todo consistía en averiguar a quién le había provocado un daño tal como para dejarme ese aviso, y los sospechosos eran muchos. Además, que hubiera dos leyes y tan parecidas me descolocaba. Había hecho muchas cosas, pero a nadie le había dejado tuerto ni le había roto ningún hueso, que yo supiera. ¿A qué se podía referir?
  En ese momento se abrió la puerta del ascensor y entraron los dos secretarios del director y Janet, la linda e ingenua becaria de Marketing. No podía ser ella, era tan cobarde y tonta como bella, suave, tierna..., deliciosa.
  Sin dejar de contemplarla, aparté el recuerdo de mi cabeza y accioné la palanca de la silla para regular la altura, como siempre, antes de encender el ordenador. Vi cómo sonreía y en ese momento se activó un resorte: un muelle saltó y algo rompió la tela en el centro del asiento y me desgarró.
  Me había equivocado: ni cobarde ni tonta. Pero ella no me había engañado. Ni ojo ni hueso; peor, mucho peor: ojo por ojo, hueso por hueso y... Con un dolor indescriptible tuve que reconocerlo: me lo merecía.

(Tertulia filandona, 15 de julio de 2024; asunto: El código Hammurabi)

lunes, 17 de junio de 2024

[Yo me voy]


Me pensé mucho qué escribir y a quién, si hacer una carta para todos en general o una para cada una de esas personas que eran importantes en mi vida.
   No sabía si centrarme en lo que me hacía feliz y me ataba a esa vida, o todo lo contrario, si optar por un lamento suave de lo que me invitaba a irme, a salir rápidamente de esa rutina. No quería ser desagradecido, ni cruel, ni injusto, y no encontraba la manera de expresar lo que pensaba y sentía, lo que me había llevado a tomar aquella decisión.
   Hice varios intentos: a todos y a cada uno, de agradecimiento y de pesar...; pero nada me pareció adecuado. Fui tirando carta tras carta a la basura.
   Además, tanto pensarlo me retrasaba en mi determinación.
   Así que escribí en un folio «Que ustedes lo disfruten, que yo me voy», lo metí en un sobre y lo dejé en la mesa del salón. Llené la bañera de agua caliente, me puse los auriculares con «Child in Time», de Deep Purple, y me sumergí en ese cambio de vida necesario, incontestable.

(Tertulia filandona, 17 de junio de 2024; asunto: Yo me voy)

lunes, 3 de junio de 2024

La otra montaña


Esa no era su montaña, la de sus monstruos (y su música), la de sus penas (y sus risas). Esa era otra montaña, la que nunca había querido tener cerca de ella, de la que había huido siempre, sin saberlo; pero la habían llevado allí, para escalarla a cuerpo, sola, sin ninguna ayuda.
   Sus hermanos no habían podido evitarlo: el miedo a ser ellos los elegidos les había impedido prevenirle de su existencia, avisarle del peligro; les había arrebatado su preocupación por ella, la protección que le venían procurando desde que nació.
   Y fue su madre quien la condujo allí.
   El viaje en coche era corto, y no le pareció extraño que a esas horas le pidiera que la acompañara a la casa de la montaña a recoger unos libros de la biblioteca del abuelo ni que su hermano no la mirara cuando se despidió de él; maldita inocencia.
   Poco antes de llegar, la madre dio un frenazo al cruzarse con otro coche.
   ‒¿Es ese el coche de papá?
   ‒No, mamá.
   Fue en ese momento cuando algo empezó a nublarse en su cabeza; algo que no cuadraba.
   ‒No me encuentro bien. ¿Podemos volver a casa y venimos mañana?
   ‒No, cariño, si ya estamos y va a ser muy rápido.
   Dio la vuelta a la casa y aparcó al lado de la puerta trasera, por el almacén, pero ella tuvo tiempo de ver que, ahora sí, el coche de su padre estaba frente a la entrada principal. No se oía nada, ni se veía ninguna luz.
   ‒Vamos.
   ‒No, mamá, vámonos, por favor.
   La madre no escuchó sus palabras pues había salido del coche con mucha prisa, sin esperarla. Ella fue detrás, pero la noche se oscureció. Sintió un frío profundo, allí, en medio de la nada, sin saber qué hacer. Un jirón entre las nubes le dejó ver la puerta abierta. Se dirigió hacia allí, entró, avanzó a tientas, tropezó con algo, sintió sus palpitaciones y se quedó paralizada en medio de la oscuridad.
   ‒¡Mamá!
   El marco de la puerta que daba al salón se iluminó con la cálida luz del fuego de la chimenea al mismo tiempo que se oía un grito femenino, muy suave, casi ahogado. Se dirigió hacia la luz. Y allí estaba su padre, abrochándose la camisa, con una mirada desconocida; y allí estaba esa montaña, la otra montaña, la que ya nunca dejaría de escalar.

(Tertulia filandona, 3 de junio de 2024; asunto: La otra montaña)

lunes, 20 de mayo de 2024

[Cita a ciegas]


No era una cita a ciegas en sentido estricto, porque tenía algunas referencias de su entorno, sobre todo de su padre, y conocía a alguno de sus familiares, pero de él solo sabía que establecer una relación podría ser muy intenso.
   Así que quedé con él, sin pensarlo más veces, sin saber prácticamente nada de cómo era en realidad, de qué me podría ofrecer; pero su fama le precedía y era uno de esos retos que se tienen que asumir alguna vez en la vida, con todos sus riesgos. Aún era muy joven, cierto, pero sentí que era el momento de dejarme llevar, de arriesgarlo todo, aunque pudiera suponer jugarme mi frágil equilibrio psicológico y emocional.
   No fue fácil, no. Dos larguísimas temporadas, intensas y deslumbrantes, y el romance terminó. Eso sí, queda el recuerdo de todos nuestros momentos juntos: de la perplejidad al descubrimiento, de la oscuridad a la revelación, y del amor al odio.
   Y ahora, cuando te contemplo, no sé si volver a aquella insania atractiva y perturbadora. Y entonces leo tu rostro: Las soledades, de Luis de Góngora. Y te abandono en la estantería, pensando en otros.

(Tertulia filandona, 20 de mayo de 2024; asunto: Cita a ciegas)