lunes, 2 de diciembre de 2024

Odio

 

Odiaba a todas las personas que conocía y no sabía por qué, pero las odiaba. Desde hacía 23 años solo sabía odiar, y desconocía las razones de este extraño comportamiento.
   Le presentaban a un nuevo compañero de trabajo y a los pocos días lo odiaba con toda su alma. Cambiaba de supermercado y después de ir unas cuantas veces empezaba a odiar a los charcuteros, las pescateras, los reponedores... a todos, sin excepción. Y era un tanto desesperante, porque lo peor es que odiaba sin acritud; era un odio en la penumbra, entre claros y oscuros, en una zona intermedia entre la indiferencia y el deseo de la muerte más cruel y dolorosa.
   Para sobrevivir ante esa situación tan incómoda, se había aislado del mundo imaginando un castillo lejano e inexpugnable en el que se recluía en soledad y podía vivir ajeno a todo ese odio. Pero el problema vino una mañana al levantarse y contemplar su rostro en el espejo. En ese momento notó una punzada en el centro de la cabeza, la punzada que siempre experimentaba cuando empezaba a manifestarse su odio. Ese día comenzó a odiarse a sí mismo. Día tras día fue experimentando una repulsión creciente ante cualquier cosa que hacía, decía, pensaba... Y no era capaz de reprimirlo.
   Desquiciado buscó consuelo en el alcohol, en la droga, en el sexo, incluso en el asesinato (despachó con un deleite desacostumbrado a cinco vagabundos, tres ancianos de la residencia en la que trabajaba y dos vecinas), pero no conseguía calmar su odio hacia él. El tratamiento con dos psicólogos, un psiquiatra, un chamán y una curandera tampoco le aportó ninguna solución, más que el odio a cinco personas más; pero con el aliciente de que en todos los casos el odio le parecía más que justificado.
   Al borde del suicidio, un día conectó la televisión, artilugio que tenía porque se lo habían regalado, pero que nunca encendía para no alimentar su odio. Lo hizo sin pensar, y vino la revelación, la libertad. Se trataba de un debate a cinco para las elecciones a la presidencia del gobierno, cambió de canal y escuchó a una pareja discutiendo por sus infidelidades, otro canal y un presentador de noticiario le informó de dos guerras, una estafa, el índice de desempleo... Dos horas y media después, sonrió. Sonrió. Hacía 23 años que no sonreía. Apagó el televisor, se dirigió a la galería y escuchó a sus vecinos del piso de abajo decidiendo qué iban a comer al día siguiente; y volvió a sonreír.

(Tertulia filandona, 2 de diciembre de 2024; asunto: El castillo y La penumbra)

lunes, 14 de octubre de 2024

El arte de Thomas [2.ª versión]


Hace mucho que no nos vemos, pero ya sabéis que me ha sido imposible por mi estado de salud. Lo bueno es que ya ha terminado el tratamiento, que ya ha terminado todo. Y hoy puedo volver.
   Hace mucho que dejé de venir aquí, al único lugar en el que nos podemos reunir para disfrutar de nuestro arte, donde todos nos expresamos con libertad y dejamos volar nuestra imaginación, donde hacemos realidad nuestros anhelos más profundos, con lo más bello y, a veces, con lo más terrible que anida en nuestras mentes.
   Hace mucho que el día anterior a nuestra reunión no ocupo todos mis sentidos en sacar de mí lo mejor para compartirlo con vosotros, en prepararme solo para mis compañeros, para crear nuestra obra.
   Hace mucho que echo de menos la delicadeza de Miguel desnudando el cuerpo, la elegancia de Aurora con el bisturí grabando los primeros cortes, la habilidad de Adolfo en su búsqueda de los lugares más dolorosos, la recreación con los cuchillos con que se entregan Carmen y Angio trazando sus dibujos sobre el torso, el espectáculo de Sco desfigurando la cabeza con extraños artilugios de su invención, el estilete de Ana penetrando con maestría en el sexo, la melodía de los dedos cuando crujen bajo las tenazas de Vicente y de Luis, el dominio del fuego con que Raquel recorre todas las heridas y la precisión de Víctor en el martillazo final.
   Hace tanto... que, además, hoy os voy a pedir mi último deseo: que liberéis a esa muchacha y me atéis a mí sobre el altar.

(Tertulia filandona, 14 de octubre de 2024; asunto: Hace)

El arte de Thomas [1.ª versión]

 

Hace mucho que no nos vemos, pero ya sabéis que me ha sido imposible por mi estado de salud. Lo bueno es que ya ha terminado el tratamiento, que ya ha terminado todo. Y hoy puedo volver.
   Hace mucho que dejé de venir aquí, al único lugar en el que nos podemos reunir para disfrutar de nuestro arte, donde todos nos expresamos con libertad y dejamos volar nuestra imaginación, donde hacemos realidad nuestros anhelos más profundos, con lo más bello y, a veces, con lo más terrible que anida en nuestras mentes.
   Hace mucho que el día anterior a nuestra reunión no ocupo todos mis sentidos en sacar de mí lo mejor para compartirlo con vosotros, en prepararme solo para mis compañeros, para crear nuestra obra.
   Hace mucho que echo de menos la delicadeza de Gabriel desnudando el cuerpo, la elegancia de Alba con el bisturí grabando los primeros cortes, la habilidad de Rodolfo en su búsqueda de los lugares más dolorosos, la recreación con los cuchillos con que se entregan Lola y Damien trazando sus dibujos sobre el torso, el espectáculo de Risto desfigurando la cabeza con extraños artilugios de su invención, el estilete de Ariadna penetrando con maestría en el sexo, la melodía de los dedos cuando crujen bajo las tenazas de José, el dominio del fuego con que Ariel recorre todas las heridas y la precisión de Martín en el martillazo final.
   Hace tanto... que, además, hoy os voy a pedir mi último deseo: que liberéis a esa muchacha y me atéis a mí sobre el altar.

(Tertulia filandona, 14 de octubre de 2024; asunto: Hace)

Encerrado [2.ª versión]


estoy encerrado
casi no me puedo mover
todo está oscuro     solo un tenue hilo de luz
no sé por qué ni cómo he llegado a esta situación
como si estuviera en lo más profundo de un túnel
siento como si fuera a morir
tengo frío
las piernas se me han dormido
los brazos me hormiguean
mi cuerpo se retuerce
de repente me inunda una oleada de calor
tengo miedo
voces alrededor     lejanas     al otro lado
movimientos     risas
huele mal     a cigarrillo y alcohol     a pis y vómito
no recuerdo     creo que me he quedado dormido
fuerza     más fuerza
tensión en todo el cuerpo     más tensión
más fuerza y más dolor
mis ojos se hinchan y las venas de la cara y la cabeza
mi cuerpo se levanta solo
creo que voy a morir
de repente     un estruendo
regresa el hálito de la vida
desaparece el miedo
descanso     liberación     alivio
palabras sueltas     risas
llaman a la puerta
   ‒Pero ¿vas a salir de ahí?, que llevas una hora y ya sabe medio bar lo que estás haciendo.

(Tertulia filandona, 11 de marzo de 2024; asunto: En un túnel profundo)

lunes, 29 de julio de 2024

Marina de un deseo [2.ª versión de «La herida de un deseo»]

 

Observo la sonrisa que reluce
          radiante en el dibujo de tu cuerpo
          e incita la lujuria de mi sueño
          erecto en el anhelo de un perfume.

Imagino que enmarcas la figura
          y descuidas tus senos en mi pecho
          y reposas tus labios en mi sexo
          y me arrullas, me prendes y me inundas:

tus miembros se estremecen con los míos,
          se pierden y se encuentran, se retuercen
          y abandonan sus formas en el vuelo.

El amor nos sumerge en el delirio
          y desnuda en el éxtasis latente
          la orilla descubierta de un deseo.

(Tertulia filandona, 29 de julio de 2024; asunto: Arena y Playa)

De profundis


Meter la mano en el bolsillo de algún pantalón de verano y notar la arena siempre le provocaba una sonrisa llena de nostalgia. Era como la inauguración de las vacaciones y la constatación de que había pasado otro año. Además, esa sensación le traía recuerdos del verano anterior, de algún momento feliz en la playa: su padre riendo atragantado mientras salía del agua después de haberse lanzado para golpear la pelota, su hermana eternamente pequeña abrazándole para que le diera un beso y la cogiera en la parte que cubría, su hermana mayor leyendo bajo la sombrilla, sus dos hermanos nadando a su lado mar adentro, su sobrina rebozada en arena, su hija chorreando de agua tumbada sobre su pecho...
   Ese año la sonrisa apareció, pero se tornó en llanto, un llanto íntimo y profundo, porque ese mar en el que se había criado, ese mar que le había dado tantos momentos felices, sencillos, bellos, le había arrebatado a la persona que más había amado en su vida. El verano anterior se había metido a nadar y no había vuelto, ni siquiera su cuerpo; solo le quedaba la huella de un recuerdo silencioso, y una pena amarga y secreta.
   En ese momento entró su hija con la sombrilla al hombro. Rápidamente se giró, para que no le viera la cara.
   ‒¿Qué haces, papá? Te estamos esperando. Mamá ya se ha bajado a la calle.

(Tertulia filandona, 29 de julio de 2024; asunto: Arena y Playa)

lunes, 15 de julio de 2024

Agujero


Me produjo un escalofrío al verlo: sobre mi blanca y pulcra mesa de oficina, ese sobre negro con un sello de cera grisáceo que representaba un ojo resultaba cuanto menos inquietante. Había llegado el primero al trabajo, como siempre, así que me senté con una sensación de frío en el cuello y con mucho cuidado lo abrí, como si se tratara de una carta bomba. Solo había una tarjeta negra con letras blancas que reproducían el siguiente mensaje:
2-4-3-3-5-4   6-1-10-10-5-15-1-1-3   CXCVI   CXCVII
Si aciertas, quizá te libres del castigo, pero me tendrás que descubrir (no te equivoques).
  Todos mis compañeros conocían mi afición a los enigmas; y ninguno de ellos me tenía en buena estima. Las comidas de empresa, las reuniones y demás eventos de grupo siempre servían para que se agrandara mi leyenda: el gran cabrón despiadado dispuesto a cualquier cosa para conseguir sus objetivos.
  En seguida lo descubrí, y su sencillez me ofendió. Las consonantes del alfabeto con su ordinal correspondiente, las vocales también con su ordinal correspondiente en cursiva y dos números en romanos: Código Hammurabi, 196, 197. Busqué en el móvil. Las leyes eran sencillas. 196: Si un hombre deja tuerto a otro, lo dejarán tuerto. 197: Si le rompe un hueso a otro, que le rompan un hueso.
  Ahora todo consistía en averiguar a quién le había provocado un daño tal como para dejarme ese aviso, y los sospechosos eran muchos. Además, que hubiera dos leyes y tan parecidas me descolocaba. Había hecho muchas cosas, pero a nadie le había dejado tuerto ni le había roto ningún hueso, que yo supiera. ¿A qué se podía referir?
  En ese momento se abrió la puerta del ascensor y entraron los dos secretarios del director y Janet, la linda e ingenua becaria de Marketing. No podía ser ella, era tan cobarde y tonta como bella, suave, tierna..., deliciosa.
  Sin dejar de contemplarla, aparté el recuerdo de mi cabeza y accioné la palanca de la silla para regular la altura, como siempre, antes de encender el ordenador. Vi cómo sonreía y en ese momento se activó un resorte: un muelle saltó y algo rompió la tela en el centro del asiento y me desgarró.
  Me había equivocado: ni cobarde ni tonta. Pero ella no me había engañado. Ni ojo ni hueso; peor, mucho peor: ojo por ojo, hueso por hueso y... Con un dolor indescriptible tuve que reconocerlo: me lo merecía.

(Tertulia filandona, 15 de julio de 2024; asunto: El código Hammurabi)