lunes, 17 de junio de 2024

[Yo me voy]


Me pensé mucho qué escribir y a quién, si hacer una carta para todos en general o una para cada una de esas personas que eran importantes en mi vida.
   No sabía si centrarme en lo que me hacía feliz y me ataba a esa vida, o todo lo contrario, si optar por un lamento suave de lo que me invitaba a irme, a salir rápidamente de esa rutina. No quería ser desagradecido, ni cruel, ni injusto, y no encontraba la manera de expresar lo que pensaba y sentía, lo que me había llevado a tomar aquella decisión.
   Hice varios intentos: a todos y a cada uno, de agradecimiento y de pesar...; pero nada me pareció adecuado. Fui tirando carta tras carta a la basura.
   Además, tanto pensarlo me retrasaba en mi determinación.
   Así que escribí en un folio «Que ustedes lo disfruten, que yo me voy», lo metí en un sobre y lo dejé en la mesa del salón. Llené la bañera de agua caliente, me puse los auriculares con «Child in Time», de Deep Purple, y me sumergí en ese cambio de vida necesario, incontestable.

(Tertulia filandona, 17 de junio de 2024; asunto: Yo me voy)

lunes, 3 de junio de 2024

La otra montaña


Esa no era su montaña, la de sus monstruos (y su música), la de sus penas (y sus risas). Esa era otra montaña, la que nunca había querido tener cerca de ella, de la que había huido siempre, sin saberlo; pero la habían llevado allí, para escalarla a cuerpo, sola, sin ninguna ayuda.
   Sus hermanos no habían podido evitarlo: el miedo a ser ellos los elegidos les había impedido prevenirle de su existencia, avisarle del peligro; les había arrebatado su preocupación por ella, la protección que le venían procurando desde que nació.
   Y fue su madre quien la condujo allí.
   El viaje en coche era corto, y no le pareció extraño que a esas horas le pidiera que la acompañara a la casa de la montaña a recoger unos libros de la biblioteca del abuelo ni que su hermano no la mirara cuando se despidió de él; maldita inocencia.
   Poco antes de llegar, la madre dio un frenazo al cruzarse con otro coche.
   ‒¿Es ese el coche de papá?
   ‒No, mamá.
   Fue en ese momento cuando algo empezó a nublarse en su cabeza; algo que no cuadraba.
   ‒No me encuentro bien. ¿Podemos volver a casa y venimos mañana?
   ‒No, cariño, si ya estamos y va a ser muy rápido.
   Dio la vuelta a la casa y aparcó al lado de la puerta trasera, por el almacén, pero ella tuvo tiempo de ver que, ahora sí, el coche de su padre estaba frente a la entrada principal. No se oía nada, ni se veía ninguna luz.
   ‒Vamos.
   ‒No, mamá, vámonos, por favor.
   La madre no escuchó sus palabras pues había salido del coche con mucha prisa, sin esperarla. Ella fue detrás, pero la noche se oscureció. Sintió un frío profundo, allí, en medio de la nada, sin saber qué hacer. Un jirón entre las nubes le dejó ver la puerta abierta. Se dirigió hacia allí, entró, avanzó a tientas, tropezó con algo, sintió sus palpitaciones y se quedó paralizada en medio de la oscuridad.
   ‒¡Mamá!
   El marco de la puerta que daba al salón se iluminó con la cálida luz del fuego de la chimenea al mismo tiempo que se oía un grito femenino, muy suave, casi ahogado. Se dirigió hacia la luz. Y allí estaba su padre, abrochándose la camisa, con una mirada desconocida; y allí estaba esa montaña, la otra montaña, la que ya nunca dejaría de escalar.

(Tertulia filandona, 3 de junio de 2024; asunto: La otra montaña)

lunes, 20 de mayo de 2024

[Cita a ciegas]


No era una cita a ciegas en sentido estricto, porque tenía algunas referencias de su entorno, sobre todo de su padre, y conocía a alguno de sus familiares, pero de él solo sabía que establecer una relación podría ser muy intenso.
   Así que quedé con él, sin pensarlo más veces, sin saber prácticamente nada de cómo era en realidad, de qué me podría ofrecer; pero su fama le precedía y era uno de esos retos que se tienen que asumir alguna vez en la vida, con todos sus riesgos. Aún era muy joven, cierto, pero sentí que era el momento de dejarme llevar, de arriesgarlo todo, aunque pudiera suponer jugarme mi frágil equilibrio psicológico y emocional.
   No fue fácil, no. Dos larguísimas temporadas, intensas y deslumbrantes, y el romance terminó. Eso sí, queda el recuerdo de todos nuestros momentos juntos: de la perplejidad al descubrimiento, de la oscuridad a la revelación, y del amor al odio.
   Y ahora, cuando te contemplo, no sé si volver a aquella insania atractiva y perturbadora. Y entonces leo tu rostro: Las soledades, de Luis de Góngora. Y te abandono en la estantería, pensando en otros.

(Tertulia filandona, 20 de mayo de 2024; asunto: Cita a ciegas)

lunes, 6 de mayo de 2024

Amor imposible


Esto no puede funcionar. Es una historia de amor imposible, condenada al fracaso, a la tragedia. Se trata de un flechazo en toda regla, inesperado, inmediato, incontestable..., del que no nos podemos escapar.
   Todo empieza cuando tu hijo se acerca a mí, interesado, y noto tu presencia y el sentimiento se me arraiga con firmeza, como debe ser. Me lanzas una mirada profunda, con aquella cadencia que solo tienen los tuyos. Pasas a mi lado y yo intento sentirte, rozarte, pero no consigo aproximarme lo suficiente. El amor flota en el ambiente, se expande, lo inunda todo, eriza tu pelo, excita mis yemas.
   Entonces se abre la puerta que está detrás de mí y sale Andréi, señala a tu hijo con la chaira que lleva en la mano y le pregunta al hombre que te acompaña:
   ‒¿Es a él?
   ‒No, es a la madre del cordero ‒contesta esbozando una sonrisa‒. Tenemos muchos invitados.
   Y Andréi te lleva con él, mientras me estiro con todas mis fuerzas, pero mis raíces no me dejan salir de este pequeño tiesto y sé que jamás te volveré a ver.

(Tertulia filandona, 6 de mayo de 2024; asunto: Salirse del tiesto y La madre del cordero)

martes, 30 de abril de 2024

Andreas [2.ª versión de «Sala de espera»]


La sala de espera parecía la entrada al cielo, limpia, luminosa, con sus ventanales relucientes.
   ‒Oye, tú. ¿A qué hora tienes la cita?
   ‒Disculpe, joven, pero yo no soy «tú», doña Andrea Luque. Y estoy citada con el doctor a las 19:30. Qué falta de seriedad.
   ‒Bueno, perdone, y no se me enfade. Andrea Marino Núñez, para servirla a usted. Y ya le digo yo que no puede ser, que yo también tengo a esa hora.
   ‒No me diga, pues ahora mismo hablamos con el enfermero. Qué falta de seriedad.
   ‒¿Y usted, caballero?
   ‒¿Yo, qué?
   ‒Que a qué hora tiene consulta con el doctor.
   ‒No recuerdo bien, ¿cómo?, ¿qué doctor?
   ‒Señor, que está usted en la sala de espera del doctor Márquez Villa. ¿Se encuentra bien?
   ‒Sí, sí, es que a veces tengo como ausencias... ¿Qué...?
   ‒¿Y tú, niña? ¿Cómo te llamas y qué haces aquí sola?
   ‒Yo soy Andreíta. A mí me ha traído mi madre y se ha salido a fumar. Me ha dicho que ahora mismo me llamaban, a las 7 y media, pero que ella no tardaba nada.
   ‒No puede ser, tres pacientes a la misma hora. Qué falta de seriedad.
   ‒Yo creo que van a ser cuatro. Y por eso le he preguntado, porque con las horas que son, no me cuadraba a mí que hubiera tanta gente.
   ‒¿Y si mi madre no viene?
   ‒¿Qué estaba haciendo yo...? ¿Cómo? Ah, sí. Perdone, y el doctor de qué es especialista. ¿Qué...?
   ‒Es doctor en...
   El enfermero entró con una bata tan blanca como el resto de la sala y esgrimió una sonrisa de anuncio de dentífrico:
   ‒Andrea, te veo muy solo. Pasa, que hoy te ha tocado el último y en cuanto termines nos vamos a casa, que llevamos un día muy complicado.
   Andrea fue hacia la puerta, se giró para contemplar la sala vacía y sonrió con un regusto de amargura al darse cuenta de que Andrea Luque, Andreíta y el señor desubicado le resultaban muy familiares, demasiado. Recogió su mochila y se dirigió a la consulta del mayor especialista del país en trastornos disociativos de identidad.

(Tertulia filandona, 26 de febrero de 2024; asunto: León)

martes, 23 de abril de 2024

Leer: descubrir, perder


No recordaba cómo había llegado a mi biblioteca, pero allí estaba, entre Ibn Zaydun y Raúl Zurita. En el lomo no ponía nada y en la cubierta solo se leía Veritas. Todo el libro estaba en blanco, salvo una página con un poema que me descubrió la verdad, la verdad de todo, de las grandes preguntas, una verdad que podía comprender, pero que era imposible comunicar.
   Cerré el libro, intentando racionalizar esa revelación, lo volví a abrir y el texto había desaparecido.
   Desde entonces abro todos los días el libro, pero sus páginas permanecen en blanco, y la verdad, oculta.

(Tertulia filandona, 23 de abril de 2024; asunto: Libro; extensión: 100 palabras)