lunes, 17 de marzo de 2025

Comerse la tostada


ELLA. ‒¿Conoces la expresión «olerse la tostada»?
ÉL. ‒Sí, la descubrí hace unos días porque la propusieron como asunto de escritura en una tertulia a la que voy.
ELLA. ‒Pues yo la utilizo para otra cosa, que me encanta.
ÉL. ‒¿Para qué?
ELLA. ‒Un pequeño placer algo extraño y que está un poco feo, pero muy sencillo. Y es que después de eso, pues me huelo eso.
ÉL. ‒Uy, qué fácil me lo has puesto.
ELLA. ‒A ver. Después de... eso. Me huelo... eso.
ÉL. ‒¿Perdona...? ¿Que después de echar un polvo te hueles el coño?
ELLA. ‒Ala, qué bruto.
ÉL. ‒Sí, claro, lo que tú digas. ¿Pero es eso?
ELLA. ‒Es después de un orgasmo. Ya sé que suena raro, pero...
ÉL. ‒Raro, no, suena muy marrano, además de difícil. ¿Cómo puedes olerte, es que eres contorsionista? ¿Y por qué lo llamas así?
ELLA. ‒Qué va. Es que como me huele a pan tostado con mantequilla... pues la tostada es el dedo, porque me lo meto en la tostadora, que sigue calentita y húmeda. Y me lo huelo. Me pone muchísimo, y vuelvo a tener unas ganas que no te lo puedes imaginar. Pero siempre lo hago sin que se dé cuenta mi pareja.
ÉL. ‒Alucinante. ¿Y lo has hecho ahora?
ELLA. ‒Bueno... Esta vez me estoy oliendo en otro tipo de tostada, más grande. Um. ¿Echamos otro?
ÉL. ‒Mejor, porque estás con la boca tan cerca que miedo me da que pases de olerme la tostada a mordérm...
ELLA. ‒Callafg, onto.

(Tertulia filandona, 17 de marzo de 2025; asunto: Olerse la tostada)

lunes, 17 de febrero de 2025

Post Data


Y aquí estoy, encerrada en esta mente que no se deja controlar, en un estado extraño, quizá irracional.
   Asisto al trasiego de personas de mi familia que me tratan con cariño, casi siempre, pero a las que no entiendo. Y siento un vaivén de sensaciones que me invaden, de sentimientos que me desbordan. Y la claridad de mi interior desaparece al intentar comunicarme, porque fuera está oscuro.
   Y solo me queda el recuerdo, postrada en esta cama, sin la presencia del tiempo.
   Y viene la vergüenza en los ojos de mis padres cuando nazco, la vergüenza y el temor. ¿Síndrome de Down: qué hacemos con esto?
   Y aparece la extrañeza en el rostro de mis hermanos, el desconcierto. ¿Por qué es tan rara, qué le pasa?
   Pero en seguida brilla el amor: besos, caricias, risas, muchas risas, días de playa infinitos... Y oigo los pasos de mi hermano, tus pasos. Y entiendo. Y siento cómo te sientes, y hablo contigo, solo a través de la piel. Y me pones «Another Day in Paradise», me sientas en tu regazo y los dos cantamos con Phil Collins en nuestro inglés chapurreado. ¡Cómo puedes ser tan bonita!
   Y entonces surge el abandono. Y desapareces. Y me quedo sola. Sin música, sin risas, sin caricias. ¿Y quién se atreve a mirar atrás?
   Y pasa el tiempo. Y entonces llega la muerte. Esa muerte que me está llamando ya, porque yo no sé, pero siento. Y siento que está aquí.
   Y se desvanece el recuerdo, pero me queda la piel, la caricia que quizá nos volvemos a dar.
   Y me voy con las olas, la arena, las canciones, nuestras risas y todos esos besos.

Post Data: Te espero aquí, donde te tengo que contar tantas cosas.

(Tertulia filandona, 17 de febrero de 2025; asunto: Vaivén)

jueves, 30 de enero de 2025

[Retorno]


Me siento en mi penumbra, desde el rincón del alféizar de la ventana contemplo la vida correteando allí abajo, las historias que cada personaje arrastra bajo su piel, e imagino muchas vidas, las recreo, me las escribo en la mente, las visualizo y las hago crecer. Ficciones: de una abuela que le cuenta a su nieta recuerdos de su infancia, mientras que la niña está mirando tiktoks en el móvil; de un señor que se enamora de la cajera del supermercado y se está arruinando porque va a comprar tres o cuatro veces al día; de una chica que secuestra gatos y los encierra en su dormitorio; de un adolescente que colecciona latas de refrescos y sueña con abrir un museo... Vivo en ellas. Pero vuelvo a mi habitación, la radio me habla de realidades, de asesinatos, de presidentes de países poderosos, de falsos cambios en la política...; la apago. Me siento a escribir otro informe de producción y entierro mi imaginación bajo una montaña de datos estúpidos que nadie leerá jamás. ¿Y todo esto para qué? ¡Qué hastío y qué asco! Voy a volver a la ventana y creo que ya no regresaré.
Adiós.
En Madrid, a 1 de junio de 2018, quede como mi carta de no retorno

(Tertulia filandona, 20 de enero de 2025; asunto: Retorno)

lunes, 30 de diciembre de 2024

El trabajo ideal


Me gusta el turno de día, lo que, obviamente, no es normal; y por eso, en una muestra de gran originalidad, mis compañeros me han apodado «el diurno».
   El trabajo es el mismo, pero en mayor cantidad, lo que no me supone problema alguno; todo lo contrario, porque me encanta. Es cierto que tengo que tratar con más gente y aguantar incomodidades varias que por la noche remiten considerablemente. Incluso también conlleva más riesgos, pero no me importa. Además, me estoy convirtiendo en el ejemplo del empleado vocacional entregado a su trabajo. Disfruto de todos los rituales: los abrazos sinceros entre gente que hace mucho tiempo que no se ve, las risas discretas emanadas de recuerdos compartidos, los llantos sin contención, honestos y sentidos, el diverso lenguaje de los cuerpos ante la pérdida, desde la pena hasta el alivio, pasando por distintos sentimientos y sensaciones, la fatiga, el descanso, la vergüenza, la impaciencia, la incomodidad... Es lo más excitante de ser empleado de Alma Mater, el tanatorio del Hospital General, el trabajo más idóneo que he encontrado tras muchísimos años de búsqueda.
   Pero aun hay una cosa mejor, que no les he confesado: el olor a muerte. Aquí he de aclarar que entre mis iguales cuento con un olfato especialmente privilegiado, ya que puedo abstraerme de la fuerte fragancia de la crema protectora y percibir con intensidad cualquier aroma. Así que me deleito con esa esencia común de fruta acre de la carne inerte y las venas secas, y con los matices tan diferentes y personales de cada cuerpo. Lo malo es que todo esto solo lo puedo compartir con mis dos compañeros de la noche y con el jefe, cuando me cruzo con él al terminar el turno, y me pregunta si sigo teniendo claro que no quiero volver a la noche y me entrega la dosis diaria de nuestro alimento: la férrea, salada y adictiva sangre.

(Tertulia filandona, 30 de diciembre de 2024; asunto: Diurno)

lunes, 16 de diciembre de 2024

Renovación del personal de plantilla o cómo asumir que las nuevas generaciones vienen pisando fuerte


Megafonía: ‒Eh, tú, el nuevo, escucha.
   ‒¿Quién me habla? ¿Eres producto de mi imaginación?
   ‒Déjate de gilipolleces. Tienes que reponer la estantería de papel higiénico en el pasillo 5, pero ya: mañana tiene que estar preparado.
   ‒¡No! De nuevo la voz en mi cabeza.
   ‒Me cago en mi puta vida.

(Tertulia filandona, 16 de diciembre de 2024; extensión: 50 palabras)

lunes, 2 de diciembre de 2024

Odio

 

Odiaba a todas las personas que conocía y no sabía por qué, pero las odiaba. Desde hacía 23 años solo sabía odiar, y desconocía las razones de este extraño comportamiento.
   Le presentaban a un nuevo compañero de trabajo y a los pocos días lo odiaba con toda su alma. Cambiaba de supermercado y después de ir unas cuantas veces empezaba a odiar a los charcuteros, las pescateras, los reponedores... a todos, sin excepción. Y era un tanto desesperante, porque lo peor es que odiaba sin acritud; era un odio en la penumbra, entre claros y oscuros, en una zona intermedia entre la indiferencia y el deseo de la muerte más cruel y dolorosa.
   Para sobrevivir ante esa situación tan incómoda, se había aislado del mundo imaginando un castillo lejano e inexpugnable en el que se recluía en soledad y podía vivir ajeno a todo ese odio. Pero el problema vino una mañana al levantarse y contemplar su rostro en el espejo. En ese momento notó una punzada en el centro de la cabeza, la punzada que siempre experimentaba cuando empezaba a manifestarse su odio. Ese día comenzó a odiarse a sí mismo. Día tras día fue experimentando una repulsión creciente ante cualquier cosa que hacía, decía, pensaba... Y no era capaz de reprimirlo.
   Desquiciado buscó consuelo en el alcohol, en la droga, en el sexo, incluso en el asesinato (despachó con un deleite desacostumbrado a cinco vagabundos, tres ancianos de la residencia en la que trabajaba y dos vecinas), pero no conseguía calmar su odio hacia él. El tratamiento con dos psicólogos, un psiquiatra, un chamán y una curandera tampoco le aportó ninguna solución, más que el odio a cinco personas más; pero con el aliciente de que en todos los casos el odio le parecía más que justificado.
   Al borde del suicidio, un día conectó la televisión, artilugio que tenía porque se lo habían regalado, pero que nunca encendía para no alimentar su odio. Lo hizo sin pensar, y vino la revelación, la libertad. Se trataba de un debate a cinco para las elecciones a la presidencia del gobierno, cambió de canal y escuchó a una pareja discutiendo por sus infidelidades, otro canal y un presentador de noticiario le informó de dos guerras, una estafa, el índice de desempleo... Dos horas y media después, sonrió. Sonrió. Hacía 23 años que no sonreía. Apagó el televisor, se dirigió a la galería y escuchó a sus vecinos del piso de abajo decidiendo qué iban a comer al día siguiente; y volvió a sonreír.

(Tertulia filandona, 2 de diciembre de 2024; asunto: El castillo y La penumbra)

lunes, 14 de octubre de 2024

El arte de Thomas [2.ª versión]


Hace mucho que no nos vemos, pero ya sabéis que me ha sido imposible por mi estado de salud. Lo bueno es que ya ha terminado el tratamiento, que ya ha terminado todo. Y hoy puedo volver.
   Hace mucho que dejé de venir aquí, al único lugar en el que nos podemos reunir para disfrutar de nuestro arte, donde todos nos expresamos con libertad y dejamos volar nuestra imaginación, donde hacemos realidad nuestros anhelos más profundos, con lo más bello y, a veces, con lo más terrible que anida en nuestras mentes.
   Hace mucho que el día anterior a nuestra reunión no ocupo todos mis sentidos en sacar de mí lo mejor para compartirlo con vosotros, en prepararme solo para mis compañeros, para crear nuestra obra.
   Hace mucho que echo de menos la delicadeza de Miguel desnudando el cuerpo, la elegancia de Aurora con el bisturí grabando los primeros cortes, la habilidad de Adolfo en su búsqueda de los lugares más dolorosos, la recreación con los cuchillos con que se entregan Carmen y Angio trazando sus dibujos sobre el torso, el espectáculo de Sco desfigurando la cabeza con extraños artilugios de su invención, el estilete de Ana penetrando con maestría en el sexo, la melodía de los dedos cuando crujen bajo las tenazas de Vicente y de Luis, el dominio del fuego con que Raquel recorre todas las heridas y la precisión de Víctor en el martillazo final.
   Hace tanto... que, además, hoy os voy a pedir mi último deseo: que liberéis a esa muchacha y me atéis a mí sobre el altar.

(Tertulia filandona, 14 de octubre de 2024; asunto: Hace)