Robert Smith, virólogo
No, no puede ser, no. Mi madre no, y hoy, y en mi casa, con Virginia y las niñas. Le puedo hacer una punción rápida sin que se dé cuenta, y me invento cualquier excusa: llevaba un tenedor en la mano y me he tropezado, o algo parecido. Así puedo comprobarlo al microscopio. Pero para qué, si no puede estar más claro.
—Kathy, cariño, ¿tú sabes por qué tu hermana no es negra y con rastas?
—Kathy, cariño, ¿tú sabes por qué tu hermana no es negra y con rastas?
—¿Por qué dices eso? ¿Cómo va a ser negra y con rastas? Es Marley, tu nieta. ¿Qué te pasa, abuela?
Tengo que traerla al despacho para hablar con ella. Si puedo, porque si es como se espera, si es como se ha visto ya en Porto Alegre, no podrá razonar: asociaciones literales, incapacidad de pensamiento reflexivo y crítico, ausencia de empatía. Y las conductas agresivas aparecen en las fases iniciales.
Y ese estruendo...
Casi arranco la puerta del despacho, sorteo el albornoz de Marley en medio del pasillo y oigo los gritos. La escena no parece real, no forma parte de mi vida: Kathy en un rincón del salón, grita con los ojos llenos de lágrimas, y Marley sentada a la mesa, con cara de bobalicona, la baba chorreando por su boca, mira a su madre en el suelo y a su abuela encima de ella. Virginia tiene los ojos cerrados y de su cabeza sale un pequeño hilo de sangre. Mi madre le da la espalda y contempla sus piernas, las coge y las deja caer. De repente me mira:
—No tiene cabeza. Eso era lo que siempre decía tu padre, que no tenía cabeza.
—¿Qué haces?
—Espera, Virginia. Es muy importante, más que cualquier otra cosa ahora. Espera.
Como un autómata, recojo una cuerda de la cocina y vuelvo al salón. Kathy está curando la herida de la cabeza de su madre. Las dos miran con preocupación a Marley, que no se ha movido.
—Os tengo que contar lo que pasa.
En menos de dos minutos les explico todo lo que sé. Me levanto y ato a Marley a la silla. Agarro el cuchillo de trinchar, abrazo a mi madre y le secciono la columna vertebral entre la C1 y la C2. Le doy un beso en la frente y la dejo reposar en el sofá. Siento frío.
Pretoria, Sudáfrica, 31 de diciembre de 2019
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